Esta acuarela, Trasteo, que hice para la portada de este libro
contiene la misma doble exigencia que guía mis reflexiones en el: la
disciplina de la distancia crítica y la conciencia íntima de haber
habitado la pintura durante su realización. La obra condensa más de
una década de pintura entendida como desplazamiento—movimiento
no solo de objetos, sino de memorias, ideas y formas de comprender
el mundo.
En términos compositivos, la decisión de situar el camión
alejándose del espectador fue deliberada. Avanza hacia un horizonte
cálido que es simultáneamente atardecer y promesa. La carretera
húmeda, con sus reflejos inestables, funciona como metáfora del
presente: un territorio que se atraviesa más que se posee. El color
cálido del ocaso coexiste con la aparición de la Vía Láctea; el cielo
no es simplemente un fondo atmosférico, sino un espacio de
conciencia cósmica. En esa tensión entre lo terrestre y lo universal
aparece mi propia comprensión de la existencia: respeto por la vida
en todas sus formas y aceptación de que el ser humano es parte de un
sistema mucho más amplio, no su centro.
El pasado, sin embargo, no se abandona: se transporta. En la
parte trasera del camión incorporé la pieza Contracultura, con la
imagen de un ojo que observa y vigila la historia reciente. No mira
hacia lo que está por venir, sino hacia lo que ya ha ocurrido:
Jairo Duque
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la ruptura histórica de los movimientos contraculturales, la
juventud en resistencia, las luchas sociales y la crítica a la guerra y a
las estructuras de poder dominantes. Esa mirada retrospectiva se
convierte en una forma de conciencia histórica dentro de la pintura.
El arte aparece aquí como punto de encuentro entre memoria e
inmediatez: una práctica viva que ocurre en el presente, pero
permanece cargada de tiempo.
Trasteo es una referencia al movimiento implicito en las expresiones artisticas